dimarts, 17 de maig de 2011

Comiendo, bebiendo, jugando... e incluso danzando


Thomas Gainsborough (1727-1788)

Hoy en día asistimos a un espectáculo como si se tratase de un rito. Guardamos silencio, protestamos contra el vecino que hace ruido al comerse un caramelo y sólo nos levantamos de la butaca en los entreactos. En el siglo XVIII, en cambio, el comportamiento era muy diferente. La ópera era el pretexto para reunirse.


Duquesa de Devonshide. Thomas Gainsborough

Cita Francesco Milizia en su obra Del teatro publicada en Venecia en 1773 lo siguiente:

"Hay quien conversa, quien mueve la cabeza de un lado al otro, quien lee, quien bosteza y hasta quien duerme. Alrededor, del suelo al techo, todo son celdillas, y cada una de ellas alberga al menos a una mujer rodeada por un enjambre de hombres, todos armados con telescopios a modo de brújula para saltar de celda en celda, chismorreando, comiendo, bebiendo, jugando... Y la Ópera, la gran Ópera, ¿dónde está? Allá al fondo y al otro lado de esa doble batería de instrumentos se ven moverse de un lado a otro algunas figuras con trajes extraordinarios jamás usados por ningún pueblo, y tan enjoyadas que ni todos los soberanos del mundo juntos poseen tantas gemas.


Retrato de Giusto Ferdinando Tenducci. Thomas Gainsborough

De vez en cuando, de estas extrañas figuras se eleva una voz muy tenue, no se oyen jamás palabras, se ven movimientos, pero nunca gestos. La Ópera va a las estrellas si, en las cuatro o cinco horas que dura, la mayor parte de los espectadores (nunca todos) da muestras de querer escuchar lo que, durante un cuarto de hora, canta un solo actor, o quizá un par".

Iovino, Roberto y Mattion, Ileana: Sinfonía gastronómica (música, eros y cocina). Madrid, Siruela, 2009.


Obertura de Las Bodas de Fígaro de W.A.Mozart en la obra Birthday; propuesta coreográfica de Jiri Kylian para el Nederlands Dans Theater.

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