dimarts, 10 de gener de 2012

Els transtorns a la tirania de la cintura

A la Literatura Juvenil actual hi ha exemples de llibres que ens parlen dels diferentes transtorns alimentaris greus que es poden patir, como la bulimia i l`anorèxia. Ho podem veure en el següent estracte d`un article publicat recentment.

BULIMIA

Los desórdenes alimenticios son un motivo de preocupación para padres, educadores y médicos y, por supuesto, para los escritores. Las historias destinadas a los adolescentes cuando abordan enfermedades tan graves como la bulimia y la anorexia se llenan de dramatismo y seriedad. No en balde son enfermedades que minan el alma de quienes las padecen. Así, en La serpiente de cristal, Lorena sufre bulimia y nadie, en su casa, se da cuenta. Fernando Claudín describe muy bien el proceso mental que sigue esta chica, aparentemente perfecta y juiciosa: “Lorena volvió a mirarse al espejo por enésima vez. Se cercioró de que la puerta estuviera bien cerrada, comprobando varias veces el pestillo, e hizo inventario de las existencias que había logrado reunir. Mientras se terminaba los restos del brazo de gitano, miró, dubitativa, con gesto depredador, el tarro de mermelada de zarzamora y el paquete de golosinas que había comprado de tapadillo en el supermercado. Dio buena cuenta de todo y se tumbó en la cama, sintiendo un horrible dolor de cabeza, al tiempo que le hostigaba el interrogante de siempre: ¿Por qué había comido tanto, por qué, por qué?” (pág. 20) y a continuación viene la provocación del vómito. Cuando termina se siente mal, pero sigue con su vida porque “Se miró al espejo: ya no estaba gorda, podía empezar el día. Regresó a su habitación, recogió sus cosas, se despidió alegremente de mamá, que estaba en el planta de abajo regando el ficus, y se fue al instituto, pensativa, diciéndose que a sus catorce años se había desarrollado lo suficiente para sentirse una mujercita y confiar en sí misma y abandonar los infantilismos, aunque lo cierto era que a Lorena le empezaba a cansar su doble juego: la nena seria y responsable cara a los demás, y la chica que sufre y se retuerce por dentro como una lagartija mutilada” (pág. 21). Llega un momento en que Lorena ya se siente descontrolada y es entonces cuando empieza la pesadilla. El autor sabe muy bien dosificar el pensamiento de la chica y acude al estilo indirecto libre: “No percibía los sabores. La cuestión era devorar, abrir la boca, engullir, masticar, tragar y vuelta a empezar, una vez tras otra. Una miradita al espejo, me peso en la báscula, me mido la cintura, vomito, soy una experta, me basta abrir la boca y manipular la campanilla, ¡campanilla, la hora de comer, de devolver!, comer, devolver, espejo, báscula, metro que mide la cintura, centímetros, kilos, fea, ¡más que fea!, hoy te veo un poco mejor, pero ayuna dieciocho horas para estar mejor todavía, siempre se puede mejorar, ¿no crees?, ¡desde luego!, pero nunca serás perfecta, ¿verdad?, verdad, pero lo puedo intentar, comer, vomitar” (pág. 73). Cuando, por una visita al dentista, se descubre la verdad, su madre no da crédito a lo que oye; aunque, por suerte, Lorena aún se puede recuperar; no ocurrirá lo mismo con otras chicas que protagonizan algunas historias más de las que hablaremos más adelante.
Susana, en Billete de ida y vuelta, muestra con toda crudeza la cara amarga de la bulimia: “Yo, en cambio, cuando me doy cuenta de que me he pasado, o bien vomito, o bien hago un ayuno total que dura un día o más, según lo que pueda resistir, hasta que me muero de hambre o de ansiedad y vuelvo a darme otra panzada” (pág. 129) y sigue con dramatismo: “Y mientras comía, le parecía que se le calmaba la rabia o la tristeza, pero cuando acababa se sentía culpable y asqueada de sí misma. Y entonces tenía que vomitar o decidía volver a ayunar hasta que todo saltaba otra vez por los aires y volvía a atracarse” (pág. 134). Y así encontraríamos muchos ejemplos de jóvenes que mezclan la bulimia con la anorexia, que pasan de un estadio a otro, destrozando sus vidas.
ANOREXIA
La anorexia es una de las enfermedades, relacionadas con los trastornos de la alimentación, mejor descritas en la novelística dedicada a la juventud y que, a juzgar por la cantidad de títulos que la abordan, más preocupa. Aunque hay también casos de chicos, las chicas, las jóvenes adolescentes, son las protagonistas mayoritarias de este tipo de novelas que ponen en evidencia las carencias de nuestra sociedad de consumo y las exigencias tan feroces que se imponen a las chicas para tener siempre un cuerpo diez: “... a los hombres –leemos en Billete de ida y vuelta- no se les exige que tengan un cuerpo delgado; se les exige un cuerpo musculoso. En cambio a las mujeres os exigen unos cuerpos andróginos, con caderas estrechas y muslos delgados, lo cual es justo lo contrario de vuestra naturaleza, porque precisamente en esas zonas es donde se os acumula más grasa. El cuerpo normal de una mujer no es el de las modelos que ves en las revistas” (pág. 75). Las chicas de alambre, de Sierra i Fabra, precisamente, reciben este nombre por su extrema delgadez, obligatoria en el mundo de la moda: “En aquellos días el culto al esqueleto más que a la forma femenina se hizo religión oficial. Los modistos las querían sin nada, sin pecho, sin caderas, casi sin rostro, aunque parezca un contrasentido, andróginas, para poder moldearlas a su antojo con cada colección y cada pase” (pág. 32). Y es que el autor pone el dedo en la llaga, cuando dice: “La delgadez extrema despierta compasión, ternura, cariño... vulnerabilidad, –ésa es una de las claves-tanto como fuertes emociones que van desde la posesión hasta, por asociación, la enfermiza idea de la muerte, que, no lo duden , continúa siendo un poderosísimo reclamo social” (pág. 83).
Se puede caer en la anorexia de la manera más absurda y gracias a los comentarios de ciertas personas, como leemos también en Billete de ida y vuelta. Una de las chicas internas en el hospital explica que siempre había estado regordeta hasta que le pusieron el mote de “la foquita” y allí empezó su calvario: “Y ella miraba con envidia a las compañeras, casi todas delgadísimas y con cuerpos de anuncio. Porque la otra cosa que más recordaba de aquella época era los grandes carteles publicitarios, con aquellas mujeres superdelgadas, consumidas, tan elegantes... Y se ponía verde de envidia y había querido ser como ellas” (pág. 51). Sara, en Sara y la anorexia, empieza por comer menos y quitarse el dulce. Su madre se preocupa, pero esa preocupación a Sara le parece, por decirlo así, convencional: “Mi madre se pasa media vida llevándonos al médico y preocupada, siempre muy preocupada por nosotros” (pág. 56). En lugar de ayudarla, su madre aún contribuye a que se sienta peor: “Es como si mi madre nada más viviera realmente cuando sufre mucho o tiene algún problema grave, tal y como parece ser el mío en este momento” (pág. 101).
A Marta, la protagonista de Billete de ida y vuelta, ya le han diagnosticado la enfermedad cuando se inicia la novela y se encuentra ya en vías de recuperación, aunque de manera muy lenta. A Marta, que ha perdido el color y el brillo de su mirada, Gemma Lienas ya la describe así: “La imagen era la de una chica con aspecto mustio. Su piel tenía la tonalidad de una vela: de un color blanco macilento, sólo interrumpido por el rojo de unos labios cada día más pálidos, el color alademosca de las ojeras bajo los ojos, que conservaban la pupila marrónchocolate, pero que habían perdido el brillo que siempre los había caracterizado. Los pelos, de los que siempre había estado orgullosa, caían lisos, empobrecidos y mates a cada lado de la cara. Le preocupaba quedarse calva, de tantos pelos que encontraba por las mañanas en la almohada o en el baño después de la ducha.” (pág. 33). Ahora bien, interesa más ver cómo se ve la propia Marta. Está ingresada en el hospital y no acaba de entender por qué los demás la ven delgada cuando ella no se observa así, sino todo lo contrario: “... yo sólo soy capaz de verme como me siento: gorda. Me acaricio la cintura, subo las manos desde los riñones hasta la zona lumbar, buscando los desagradables michelines. Me pongo de perfil y me observo críticamente la barriga; la continúo viendo abultada...(...) ¿Cómo será mi cuerpo dentro de tres o cuatro semanas? ¿Habré empezado a acumular más grasa de la que tengo ahora? ¡No quiero engordar! ¡No quiero engordar!” (pág. 42). Marta se siente culpable si come algo porque cree que no debe hacerlo: “¿Qué he hecho? Pero ¿qué he hecho? Noto la barriga inflada, brutalmente inflada, como un globo. ¿Cuánto puedo haber engordado en este rato? La pregunta me obsesiona. Tengo que hacer algo, tengo que vomitar” (pág, 47).
Cristina en ¡Hoy he decidido dejar de comer! empieza su diario y ya, desde las primeras páginas, intuimos que algo no va bien y que su preocupación por al peso no es normal: “En mi primer día a régimen he logrado comer sólo una tostada para desayunar y una manzana a mediodía; tal vez parezca una locura, o acaso suene exagerado, pero lo cierto es que ya me siento más ligera” (pág. 11). Para Cristina todo tiene que ver con la comida y le cambia el carácter. Así, cuando se acerca la Navidad, siente verdadero pavor por lo que supone en cuanto a cambios alimentarios, aunque a ella esas fechas solían gustarle. En su interior se establece una antítesis dolorosa: “Desearía que este año no hubiera Navidad. Son fechas que solía esperar con ilusión cuando era una niña, pero hace tiempo que ni son ni significan lo mismo. Ya no consigo sentir la esperanza que lo llenaba todo, aunque me esfuerce en ello, y además son la antítesis de portarse bien con la comida” (pág. 28).
En la anorexia ocurre algo terrible: las enfermas ven a las demás cómo son exactamente, pero se distorsionan a sí mismas. Marta, por ejemplo, observa a una compañera del hospital, Elisa, y se queda espantada de lo que ve: “Un horror semejante sólo lo he visto en las fotos de los prisioneros de campos de concentración. (...) Su rostro hace pensar en el esqueleto que todos tenemos dentro; recuerda una clase de ciencias naturales; no te permite olvidar la muerte” (pág. 45-46). Llega un momento en que Marta se da cuenta de esta trampa y se pregunta: “¿Es posible que tengamos dos raseros distintos: uno para las demás, a las que vemos tal y como son, y otro especial para mirarnos a nosotras mismas? ¿Y es verdad, entonces, que nos vemos deformadas y gordas, como si nos reflejásemos en uno de aquellos espejos cóncavos de feria, pero realmente somos tan delgadas como todos se empeñan en decirnos?” (pág. 83). Marta, finalmente, decide algo esencial: que quiere curarse y ése el primer paso hacia la vuelta a su vida normal. El libro termina con una promesa llena de esperanza: “Saldré de este infierno para no volver nunca más”( pág. 215).
En Mi tigre es lluvia (1997), de Carlos Puerto, como ya dijimos en su día , que es muy sensible al tema y que respeta extremadamente los sentimientos de sus personajes, sensible, se acerca al problema de la anorexia y lo hace con cariño y con ternura. Para ello escoge a María, que es posible que exista, y la acompaña en sus pensamientos y en su diario durante los meses que van del invierno a la primavera, tiempo en que María estuvo ingresada. Poco a poco, María aprende a quererse más y ése es el primer paso para su recuperación. Con la ayuda de un cuadro de H. Rousseau de un tigre, entra en un espacio onírico, lleno de imaginación. Ese tigre es lluvia, ese tigre es la propia María quien pasa por momentos difíciles, conoce a otros internos que están aún peor que ella, encuentra notas de ternura incluso en los médicos y, en fin, descubre que el mundo exterior es mucho mejor que una jaula: “Me siento nuevamente libre, capaz de volar de árbol en árbol. Ahora me está esperando de nuevo la vida, la familia, los compañeros de clase, los antiguos amigos...Y yo, ¿quién soy?” (p. 151).
Natalia, en El vuelo de la gaviota, está al punto de caer en la anorexia. Empieza por no comer lo debido y lo justifica así ante su madre: “Es que si me atiborro de comida, no puedo bailar, me siento pesada. “ (pág. 103). Sus amigas empiezan a alarmarse y ponen el dedo en la llaga: “Últimamente lo hemos comentado las tres, estás anoréxica” (pág. 122). Natalia, poco a poco, va mostrando todos los síntomas de la anorexia: “A veces siente como si se le hubiera atrofiado el cerebro. Y se pasa el día encogida, helada de frío. También siente que todo el mundo está en su contra: sus padres no paran de agobiarla con el tema de la comida, lo mismo que sus amigas, están pesadísimas. (...) Algunas noches incluso tiene que vomitar. Además, precisamente ahora que empieza a gustarle su cuerpo, lo último que quiere es volver a engordar, como le ocurrió el curso pasado. Era lo que le faltaba. También está contenta porque lleva dos meses sin la regla y para el ballet eso le facilita las cosas...” (pág. 149). Por fin, se descubre la enfermedad y su madre toma cartas en el asunto: “... la anorexia es un problema muy serio. Muchas niñas mueren por esa enfermedad y algunas no llegan a superarla nunca. El médico dice que lo hemos cogido bastante a tiempo. Así que piénsate si quieres pasar la vida internada, atada a la cama de un hospital con una sonda en el brazo, o ser una chica sana y tener una vida como la que tienes, con tus estudios, tus amigas, tus planes...2 (pág. 160). Por fin, Natalia va saliendo adelante gracias a sus padres y a la terapia. Muchas chicas caen en la anorexia por su perfeccionismo: “Para ella ha sido una gran ayuda ver cómo sus padres se desviven por ella y también hablar todas las tardes con la psicóloga. Eso le ha hecho tomar conciencia del problema y cómo ha llegado a él por culpa del alto grado de autoexigencia que tiene para todo. Según ha estado hablando con ella, su exagerado afán de perfeccionismo es el que la lleva, por un lado, a bloquearse y no dar de sí todo lo que podría y, por otro, a rechazar su imagen, a verse únicamente los defectos. También le ha influido el no saber decir que no, el creer que uno puede con todo” (pág. 164).
Sara, en Sara y la anorexia, duda incluso de su cordura y ya no sabe cómo enfocar su vida: “Hay momentos en que pienso que me estoy volviendo loca, como cuando me duele el estómago o tengo calambres y mucho frío, o cuando miro a la gente y me veo como un bicho raro, con una vida distinta, extraña, huyendo de todos. Pero ya no puedo parar, no hay marcha atrás. Tengo que cumplir mis objetivos. Y conseguirlo pronto, no puedo perder tiempo” (pág. 101). La familia de las enfermas viven de manera enfrentada el proceso, no todos lo entienden, a veces no saben cómo actuar y es la propia Sara quien define esa situación: “En mi casa están todos desquiciados. Mis hermanas me gritan, aunque ya no las escucho. Les fastidia que me coma todo lo que hay en los armarios de la cocina y que cuando se levantan por las mañanas no quede nada para desayunar. Mi madre ha llegado a esconder la comida debajo de las camas, sujeta a la parte de abajo, pero yo acabo encontrándola. No puedo evitarlo, por las noches siempre necesito comer” (pág. 103).
Brontë, en Románticos.com establece un contacto por correo electrónico con Merlín y los dos, poco a poco, van desvelando sus problemas. Merlín ayudará a Brontë a superar su anorexia, aunque para ello tenga que reabrir su propia caja de los truenos. Ya desde el principio, sospechamos que algo no va bien cuando la chica confiesa entre paréntesis: “... estoy un poco gordita aunque mi madre se empeñe en repetirme una y otra vez lo delgada que me estoy quedando” (pág. 26). Y después añade: “Mis amigas están empeñadas en que estoy demasiado delgada: “Esqueleto andante” me llaman, y también “fideo”, “palillo”... En fin, el problema está en que yo no me veo así, ¿sabes? Yo me miro al espejo y me veo bien, incluso si perdiera un par de kilitos más estaría todavía mejor, por eso hago mucho ejercicio” (págs. 32-33). Vemos que es cuestión de tiempo que se declare la enfermedad; es más, cuando Merlín trata de aconsejarla, se revuelve con violencia: “Escúchame bien, listillo, comeré lo que me dé la gana, ¿vale? Ya soy mayorcita y ni tú ni nadie me dirá lo que tengo o no tengo que comer” (pág. 66). Después, conforme sigue esta relación especial, nos enteramos de que Brönte está ingresada en un hospital y ella misma confiesa que tiene anorexia. Poco a poco va mejorando y ella misma recapacita acerca de sus hábitos: “Me llegué a obsesionar tanto con las calorías que hubo un momento en que ¡no bebía ni agua! Estaba convencida de que el mero hecho de beber me engordaría muchísimo. Ahora lo pienso desde fuera u, ¡dios mío!, pero que estúpida he sido. He estado a punto de matarme a mí y matar a mi familia a disgustos, pero, en fin, mejor cambiemos de tema, que afortunadamente eso ya es agua pasada” (pág. 89). No obstante no es tan fácil y recae de nuevo: “No me veo obesa, pero sí creo que dos o tres kilos menos estaría mejor. ¿Por qué no me dejan perderlos y así todo eso se termina de una vez?” (pág. 97). A Brönte le hace falta un revulsivo para darse cuenta de que tiene un problema grave y reaccionar a tiempo. Se da cuenta cuando en el hospital conoce a Lidia, una chica anoréxica con todas las secuelas de la enfermedad (sin regla, con los dientes estropeados...) y Brönte reacciona, pero Lidia se muere y eso a la joven le causa una gran conmoción porque: “...yo hubiera podido ocupar el lugar de Lidia...” (pág. 119).
Cristina, en ¡Hoy he decidido dejar de comer!, comprueba ella misma las secuelas de no comer, aunque aún no es consciente del problema: “Estoy algo preocupada. Hace 3 meses que no tengo la regla. “ (pág. 27). Conforme pasa el tiempo se da cuenta de que algo no funciona aunque se resiste a darle nombre: “No soy tan ingenua como para no darme cuenta de que algo no va bien. Mi relación con la comida está totalmente fuera de control, y me aterra la idea de engordar. Ese es por ahora mi mayor miedo” (pág. 33). Finalmente, decide acudir a un centro, aunque aún cree que ella pude gobernar su vida: “... me tranquiliza saber que en cuanto no me convenza lo que me pidan me iré y no habrá pasado nada. A veces creo que estoy a punto de abrir mi caja de Pandora personal, y me aterra lo que pueda escapar de ella” (pág. 73). Finalmente, tras pasar por distintos estadios, Cristina acaba confesándose. “Tengo miedo, porque empiezo a ser consciente de lo enferma que estoy” (pág. 115). A lo largo de varios años, Cristina, de manera valiente, se ha destapado a través de su diario y ha demostrado que, tras la anorexia, hay una gran insatisfacción y mucho dolor: “Lo detesto, pero sigo teniendo miedo de que se descontrole mi cuerpo, de convertirme en un monstruo al que nadie quiera mirar” (pág. 127). Lo peor de todo es que, socialmente, la gente no parece darse cuenta de la gravedad del problema y se creen que es un capricho. A Cristina le duelen los prejuicios de la gente y pone el dedo en la llaga cuando afirma: “Lo realmente atroz es perderse el respeto, creer que uno no merece nada, estar convencida de que nadie te querrá jamás porque no eres una persona a la que se pueda querer y que no tienes lo necesario para hacerte feliz. Lo peor es desear estar muerta sabiendo que lo deseas porque eres débil y porque no tienes el valor de vivir” (pág. 147-148). A Cristina le cuesta mucho salir adelante, aunque es capaz de ver con claridad al final y decir: “Mi vida no será mi familia ni mi trabajo ni mi pareja, y trataré de decidir sin dejarme llevar por los miedos. Quiero que mi vida sea muchas cosas pero, por encima de todo, quiero estar ahí para disfrutarlas” (pág. 191).
A Sonia, en La foto de Portobello, le pasa algo parecido: no sabe muy bien si quiere curarse o no porque se siente vacía: “De nuevo estaba nerviosa, irritable, y su autoestima andaba por los suelos. Cierto que su fuerza de voluntad se había resentido, o no se decidía a emplearla. Y se aferraba a la enfermedad como el artista que se encariña con su obra y prefiere conservarla para sí, antes que someterla al juicio de los demás. Dudaba hasta de si realmente quería la curación” (pág. 117).
“Ella” es un relato recogido en Realidades paralelas, que aborda el problema de la anorexia con un valor añadido y es que su autora es una joven adolescente.“Ella” nos habla del proceso de la curación de una anoréxica y de cómo se da cuenta de que “era preferible tener unos kilitos más y no vivir obsesionada por un lado e inactiva por el otro” (pág. 170). Lo importante, en este pulso que se establece con la enfermedad, es sentirse acompañados: “Siento que no estoy sola en mi lucha, y cada día que pasa, mi intención de querer salir de todo esto es más firme. Cosas tan insignificantes como comer un trozo de pan se convierten en grandes logros, y creo que es ahora cuando he empezado a disfrutar de lo que me rodea...” (pág. 171).
Sonia, en La foto de Portobello, está ya internada en un centro y recuerda cómo enfermó y por qué llegó allí. La vida en el centro no es fácil y para todos en un reto continuo. Así, interesa ver la lista de privilegios que pueden obtener las enfermas si comen y engordan lo establecido: “A los treinta y tres kilos y medio, le dejarían recibir una llamada telefónica por semana. A los treinta y cuatro y medio, una llamada diaria. A los treinta y seis le permitirían escribir cartas y recibir visitas, al principio en el comedor y luego fuera de la unidad, en una sala contigua. La lista continuaba hasta los cuarenta y dos kilos, meta teórica en la que le permitirían marcharse, con controles esporádicos, antes de darle el alta definitiva. Cualquier retroceso significaba, como era previsible, la pérdida de los privilegios adquiridos” (pág. 32).
Hay otro factor importante en la anorexia y es el punto de vista de los médicos y cuidadores. En La foto de Portobello, el doctor Loayza vive de manera muy intensa el proceso de curación de sus pacientes y trata de estar a su lado en todo momento, porque, como él mismo piensa, “...¿no equivalía la anorexia, en sus casos extremos, a una forma lenta de suicidio?” (pág. 49). En el caso de Sara y la anorexia, no es un médico quien la atiende, sino una profesora, la propia autora del libro, Nieves Mesón, quien establece así sus objetivos: “Yo intentaba que Sara se sintiera comprendida y valorada. Y, sobre todo, pretendía que aceptara la idea de que podía conseguir el cuerpo que quería, que asimilara que sus pensamientos eran los creadores de su realidad, que no tenía necesidad alguna de recurrir al vómito para conseguir estar delgada y que, con el tiempo, su propia mente sería capaz de lograr los resultados deseados. “ (pág. 121).

Sáiz Ripoll, Anabel: “Somos lo que comemos. La alimentación en la literatura infantil”, CLIJ, número 233, enero-febrero 2010, pp. 14-25.


Què són l'anorèxia i la bulímia?
La vida és plena de pressions externes i de moments difícils. Algunes persones senten aquestes pressions de manera més intensa que d'altres. Per alguna raó, aquesta pressió resulta insuPublicar páginaportable. Algunes noies i nois aleshores cauen en un trastorn de l'alimentació com pot ser l'anorèxia o la bulímia.
En tots dos casos, es tracta d'una malaltia en què la persona mira el menjar de manera irracional i molt perillosa: no menja o s'atipa.
Evidentment, la noia o el noi que pateix un trastorn en l'alimentació ha de ser tractat per persones especialistes. La noia o el noi, juntament amb la seva família, han de seguir els consells i les pautes que els indiquen l'equip de metges.
Tant l'anorèxia com la bulímia tenen curació, però el tractament és una mica llarg i la persona pot trigar un   temps a recuperar-se totalment. Ni l'anorèxia ni la bulímia poden deixar-se sense atenció mèdica, perquè totes dues causen lesions molt importants i poden produir la mort.
Aquí tens diferents aspectes d'aquestes malaties:
Lectures

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