diumenge, 14 de novembre de 2010

Ziryâb


Se llamaba Abu al-Hasan ‘Alî ibn Nâfi’ pero lo llamaban Ziryâb, una especie de mirlo negro, porque tenía la tez morena y la voz melodiosa y era de costumbres agradables. Nació en 789, en algún lugar de Irak, con toda probabilidad en el seno de una familia de origen persa. Recibió una sólida formación literaria y  científica, especialmente en geografía y en astronomía y se convirtió en el discípulo favorito de Ishaq al-Mawsilî, el músico y cantante más conocido de la corte abasí. Sin embargo, a los treinta años hubo de expatriarse ante la amenaza de su maestro que no le perdonaba su éxito ante el califa Harun al-Rashid, al cual él mismo le había presentado.
Así pues, Ziryâb marchó hacia el oeste en pos de la fortuna y, tras una breve estancia en Túnez, acabó por instalarse en Córdoba, en 822, en el momento en que el emir Omeya ‘Abd al-Rahman II, tras suceder a su padre, acariciaba la idea de rivalizar en prodigalidad y en refinamiento con los grandes califas de Bagdad. Por ello el emigrante fue recibido con los mayores miramientos, y se le adjudicó una pensión sumamente generosa a la cuan en no pocas ocasiones se sumaban gratificaciones y las rentas de varias casas y jardines. Gracias a su genio musical, sus conocimientos enciclopédicos y sus costumbres extremadamente refinadas, sedujo de inmediato al príncipe y a la España musulmana entera.
En primer lugar, Ziryâb fue innovador en música. En efecto fue él quien, aunque de origen oriental, fundó la escuela típicamente andaluza; también fue él quien inventó el laúd de cinco cuerdas y quien impuso la utilización del plectro en forma de garra de águila. Pero por encima de todo fue el promotor de un nuevo arte de vivir. En cierta forma fue el sucesor de Petronio o el precursor de Brummel, como escribió uno de los mejores historiadores del Islam de España, Evariste Levi-Provençal, en una obra merecidamente alabada (España musulmana, Espasa Calpe, 2000).
“Ziryâb empezó por enseñar a los cordobeses las recetas más complicadas de la cocina de Bagdad y les instruyó sobre cómo disponer un convite elegante: no había que servir los alimentos desordenadamente, había que empezar por las sopas, continuar con los primeros platos de carne y una larga lista de aves de corral sabrosamente condimentadas, acabar con los platos dulces, pasteles de nueces, almendras y miel, o dulces de frutas aromatizados con vainillas y rellenos de pistachos y avellanas. Sustituyó los manteles de basto lino por mantelerías de cuero fino, demostró que con el aspecto de la mesa combinaban mejor copas de buen cristal que cubiletes de oro o plata. Abrió en Córdoba, por así decirlo, un verdadero instituto de belleza, en el que se enseñaba el arte de maquillarse, de depilarse, de emplear pasta de dientes, de peinarse sin separar en dos las mechas del pelo en el centro de la cabeza y dejándolos caer sobre la frente cubriendo las sienes, sino llevándolo corto y con forma, despejando la frente, la nuca y las orejas. Estableció un calendario de la moda, decretó que de principios de junio a finales de septiembre se vestiría de blanco, que en primavera sería la temporada de los vestidos de seda, ligeros y de las túnicas de colores vivos, el invierno de las pellizas acolchadas y de los abrigos de pieles… Se requerían sus consejos, se seguían al pie de la letra. No podía existir influencia más directa ni más profunda de la delicada y elegante civilización abasí. Bajo el indiscutible arbitraje de Ziryâb, la corte y la ciudad transformaron sus costumbres, su mobiliario, su cocina y siglos después el nombre de este Petronio árabe aún se invocaba siempre que una nueva moda aparecía en los salones de la península.”


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